Good Boy: terror desde la mirada canina

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Good Boy es una peculiar propuesta de terror y la ópera prima del director Ben Leonberg, quien ya contaba con varios cortometrajes en su trayectoria. En su primer largometraje, Leonberg se embarcó en un proyecto que le tomó tres años y más de 400 días de rodaje, creando junto a su perro en la vida real, Indy, una historia tan inquietante como entrañable.

La película se desarrolla casi por completo dentro de una casa donde han ocurrido sucesos misteriosos en el pasado, pero lo verdaderamente original es que todo está narrado desde la perspectiva del perro. Indy, preocupado por su dueño Todd, atraviesa situaciones cada vez más temibles mientras descubre la presencia de una fuerza maligna que amenaza el lugar que ambos habitan completamente solos.

Leonberg propone una narrativa visual refrescante: la cámara se mantiene a la altura del perro, mostrando el mundo desde su punto de vista. Lo que vemos son muebles, árboles, agujeros en el bosque, piernas humanas y una cara desenfocada de su dueño, lo que refuerza la sensación de misterio e incertidumbre. Aunque existen diálogos entre los personajes humanos, ninguno proviene del protagonista, lo que convierte la mirada del can en el verdadero hilo conductor de la historia.

Las reacciones genuinas de Indy —a veces tiernas, otras perturbadoras— se combinan con un trabajo sobresaliente de cámara, fotografía, sonido e iluminación. El resultado es una atmósfera inquietante y envolvente, que recuerda a las clásicas historias de casas embrujadas, pero con una sensibilidad contemporánea. Aquí, el alma en peligro no es la de un humano, sino la del propio perro.

A pesar de su breve duración (1 hora y 12 minutos), el director cuida cada detalle: desde la edición hasta el manejo del animal. Leonberg filmó sesiones cortas para evitar cualquier estrés en Indy, logrando reacciones naturales sin recurrir a un entrenamiento forzado. Algo realmente nuevo en la industria del cine. La película incluye siete actores humanos secundarios, pero el verdadero peso dramático recae en su protagonista de cuatro patas, cuya actuación resulta sorprendentemente orgánica y emocional.

Good Boy es una película de terror emocional, que no se apoya en efectos especiales ni en chorros de sangre para causar miedo. Su fuerza radica en lo que sugiere más que en lo que muestra, en esa conexión íntima entre un hombre y su perro que se ve amenazada por una presencia oscura. Es, al mismo tiempo, una carta de amor al vínculo entre humanos y animales y una historia de suspenso contada con ingenio, sensibilidad y un profundo respeto por su protagonista.

Una propuesta original, modesta pero poderosa, que logra mantener la tensión y el misterio durante todo su metraje, dejando al público con la sensación de haber presenciado algo distinto dentro del cine de terror contemporáneo. Y un ejemplo de que el cine independiente sigue entregando bellas y originales historias desde el corazón que pueden ser un éxito en taquilla.

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