Jumbo (Reseña)
Es una encantadora y emotiva película animada estrenada en 2025, dirigida por Ryan Adriandhy, coescrita junto a Widya Arifianti, producida por Visinema Studios en colaboración con Springboard y Anami Films, la cinta apuesta por una narrativa sensible y emocionalmente compleja, con un guion que combina aventura, fantasía y drama infantil desde una perspectiva profundamente humana.
La cinta cuenta con un elenco de voces locales que dota a los personajes de calidez y autenticidad, reforzando el tono íntimo de una historia que, aunque se presenta como animación familiar, aborda temas universales que trascienden la edad de su público.

La historia sigue a Don, un niño regordete, huérfano y constantemente subestimado por sus compañeros, que vive bajo la sombra del fracaso y la burla. En su intento desesperado por demostrar que es más de lo que los demás creen, decide participar en el concurso de talentos de su comunidad con una obra de teatro basada en un cuento escrito por sus padres fallecidos.
Ese libro no solo representa su herencia emocional, sino también el último vínculo tangible con ellos. Cuando un abusador se lo roba, Don siente que ha perdido mucho más que una oportunidad: siente que le arrebatan nuevamente a su familia.

Es entonces cuando la película introduce uno de sus elementos más poderosos: la aparición de una pequeña fantasma que irrumpe en el mundo de los vivos para pedir ayuda. Lejos de provocar terror, el espíritu se muestra vulnerable, triste y desesperado por reencontrarse con sus propios padres, atrapados en el mundo espiritual.
A partir de este encuentro nace una amistad inesperada, y juntos emprenden una aventura que los llevará a enfrentarse no solo a antagonistas visibles, sino a miedos profundos, pérdidas no resueltas y heridas emocionales que siguen abiertas.

Uno de los aspectos más interesantes de Jumbo es la forma en que retrata la relación con la muerte desde la cultura indonesia, una visión que, pese a la distancia geográfica, resulta sorprendentemente cercana a la sensibilidad latinoamericana, especialmente a la mexicana.
La muerte no es mostrada como un final absoluto, sino como una transición; la vida continúa más allá del cuerpo, y los lazos afectivos no se rompen con la desaparición física. Sin embargo, la película va más allá del concepto tradicional de fantasmas: aquí los espíritus también sufren, pueden ser perseguidos, capturados y, en el peor de los casos, borrados de la existencia, lo que añade una capa de tragedia y urgencia a la narrativa.

Resulta especialmente impactante que una película animada inicie con un niño recordando a sus padres muertos a través de un libro, y que poco después normalice la convivencia entre niños y seres sobrenaturales.
Los amigos de Don no reaccionan con miedo ante la aparición del fantasma; por el contrario, lo aceptan con naturalidad, juegan con él, ríen y desarrollan un vínculo afectivo genuino. Este contraste parece funcionar como una crítica directa a los prejuicios adultos: mientras los mayores temen lo desconocido, los niños lo abrazan desde la empatía y la curiosidad.

Don, como protagonista, encarna la soledad, la orfandad y la necesidad de pertenencia, pero también el aprendizaje profundo que surge del acompañamiento. A lo largo de la historia, no solo aprende a ayudar y a ser empático con los vivos, sino también con los muertos, comprendiendo que la vida es más llevadera cuando se comparte con la familia y los amigos, incluso cuando estos ya no existen en el mismo plano físico.
Aunque Jumbo está protagonizada por niños y envuelta en una estética colorida y fantástica, los temas que aborda: la muerte, el duelo, el apego, la trascendencia y la crueldad humana, parecen resonar con mayor fuerza en un público adulto.
La verdadera maldad que muestra la película no proviene de lo sobrenatural, sino de los actos humanos: la violencia, la corrupción y la venganza que llevan incluso a capturar fantasmas, son reflejo de traumas y emociones no resueltas, no de fuerzas oscuras inexplicables.
Finalmente, Jumbo nos recuerda que los niños, en su inocencia, poseen una sabiduría emocional que los adultos suelen perder. Son capaces de aceptar la muerte sin miedo, de amar sin prejuicios y de tender la mano, o el corazón, incluso a quienes ya no pertenecen al mundo de los vivos. En ese mensaje reside la verdadera fuerza de la película: una historia que habla de pérdida y dolor, pero que elige hacerlo desde la amistad, la empatía y la esperanza.