Primate (Reseña)
En un momento donde el cine de terror parece obsesionado con traumas profundos, metáforas rebuscadas y dramas existenciales, Primate llega como un respiro sangriento pero honesto.
No intenta ser más de lo que es y eso, curiosamente, juega totalmente a su favor. Dirigida por Johannes Roberts, la película apuesta por el terror directo, sin pretensión, y se siente como una carta de amor a esos clásicos ochenteros de “criaturas fuera de control” que solo querían asustarte y divertirte al mismo tiempo.

La historia gira alrededor de Ben, un chimpancé que fue criado como parte de una familia después de haber sido sujeto de experimentos científicos. Vive con Erin, una adolescente, y su papá Adam, en una casa lujosa y aislada en Hawái.
Todo parece relativamente normal hasta que Ben empieza a comportarse de forma extraña. Spoiler leve: no es solo estrés. Un encuentro desafortunado con una mangosta le cambia la vida… y no para bien. La película deja claro desde el inicio que Ben ya no es “Ben”, y lo que sigue es una carrera contra el tiempo para sobrevivir.

Primate no pierde tiempo en lecciones morales ni discursos innecesarios. Dura menos de 90 minutos y va directo al caos. Quizá se extraña un poco más de desarrollo emocional para que el cambio de Ben se sienta aún más trágico, pero una vez que arranca, no frena.
El terror se construye con tensión constante, persecuciones bien planteadas y un uso muy efectivo del espacio, especialmente una alberca que se convierte en refugio improvisado.

Algo que sorprende es lo brutal que puede llegar a ser. No es una película “light” ni mucho menos. Aprovecha su clasificación R con escenas violentas gráficas que no se ven todos los días en producciones de estudio.
Aún así, no se siente gratuita: la violencia está bien medida y sirve para mantenerte al borde del asiento. Además, el trabajo práctico para dar vida a Ben es impresionante y se agradece en una época saturada de efectos digitales sin alma.
Las actuaciones cumplen, especialmente Troy Kotsur como el padre, aportando calidez y humanidad en medio del desastre. También es refrescante ver una representación inclusiva bien integrada, sin sentirse forzada.
Puede que Primate no reinvente el género, pero tampoco lo necesita. Es divertida, intensa, sangrienta y consciente de lo que quiere ser. Después de un año flojo para el terror, esta película se siente como un inicio explosivo para 2026 y una gran opción para quienes buscan sustos sin complicaciones y pura adrenalina.