La Historia del Sonido (Reseña)
La Historia del Sonido llega a las salas mexicanas este 5 de febrero como una propuesta íntima y contemplativa que combina romance, memoria y música.
Dirigida por Oliver Hermanus, cineasta sudafricano reconocido por su sensibilidad para abordar historias humanas complejas, la película está basada en el relato homónimo de Ben Shattuck, quien también firma el guión.

El elenco es encabezado por Paul Mescal en el papel de Lionel Worthing y Josh O’Connor como David Smith, acompañados por Hadley Robinson, entre otros. Ambientada en las primeras décadas del siglo XX, la cinta se adentra en un periodo donde el sonido aún no podía ser registrado con facilidad, convirtiendo a la música y a la memoria en actos profundamente humanos y frágiles.
La trama nos presenta a Lionel, un talentoso cantante proveniente de la zona rural de Kentucky, criado entre las canciones que su padre entonaba en el techado de la granja familiar. En 1917, impulsado por su talento y su amor por la música, abandona ese entorno campesino para ingresar al Conservatorio de Música de Boston. Allí conoce a David, un estudiante de composición encantador, culto y sensible, con una vida más acomodada gracias a la tutela de su tío en Newport.

El vínculo entre ambos surge a partir de su fascinación compartida por la música folclórica, pero pronto evoluciona hacia una relación más profunda, romántica y sexual, marcada por la complicidad y el descubrimiento mutuo.
La Primera Guerra Mundial interrumpe abruptamente esta cercanía cuando David es llamado a filas, separando sus caminos. Años después, en 1920, se reencuentran cuando David, ahora investigador universitario en Augusta, Maine, invita a Lionel a participar en un proyecto que los llevará a recorrer durante un invierno los bosques y las islas de la región, con el objetivo de recopilar canciones populares y preservarlas para las generaciones futuras.

Este viaje se convierte en el corazón emocional de la película: un recorrido físico por paisajes rurales y aislados, pero también un trayecto interior donde ambos confrontan sus deseos, temores y expectativas de vida.
Mientras avanzan en la recolección de melodías transmitidas de boca en boca, Lionel y David se enfrentan a la pregunta inevitable de qué ocurrirá con su relación una vez que el proyecto llegue a su fin. Lionel, marcado por sus orígenes humildes y por la idea de una vida tradicional, reflexiona sobre un futuro con esposa e hijos; David, en cambio, carga con conflictos más ocultos, silencios que no siempre logra compartir.

Aunque ambos coinciden en que ese tiempo juntos ha sido posiblemente el más feliz de sus vidas, la película deja claro que el amor, como el sonido, es efímero si no encuentra la forma de permanecer.
Entre las ideas más poderosas que atraviesan La Historia del Sonido se encuentra la noción de que la historia del sonido es, en realidad, la historia de la humanidad. Durante siglos, innumerables recuerdos, vivencias y emociones quedaron cristalizados en canciones que se perdieron por no existir la tecnología capaz de registrarlas.

La cinta invita a imaginar todo aquello que esas melodías olvidadas podrían contarnos sobre quienes fuimos. Al mismo tiempo, plantea una pregunta profundamente contemporánea: si la facilidad actual para grabar y reproducir sonidos adormece nuestra capacidad de apreciarlos o, por el contrario, fortalece nuestra memoria al permitirnos volver a ellos una y otra vez.
La película también entiende el sonido como una lucha contra el tiempo, un intento de resistirse a lo que, según el curso natural de las cosas, debería desvanecerse. La manipulación del sonido, desde las canciones hasta los mensajes de voz, ha transformado nuestros destinos, alterando la manera en que nos relacionamos y nos recordamos.

Metafóricamente, el sonido funciona como un puente: nos conecta con el mundo exterior, con hechos, lugares y personas, pero también con nuestro propio interior, con aquello que somos y que tememos perder.
En sus conclusiones, La Historia del Sonido resulta especialmente interesante por mostrar cómo era la vida antes de las grabaciones tal como las conocemos hoy, cuando las canciones se transmitían de generación en generación, conservando la memoria de familias y pueblos enteros.
Otro elemento llamativo es la capacidad casi sinestésica de Lionel para “ver” los sonidos, una cualidad fascinante que sugiere una relación única y profunda con la música, aunque quizá pudo haberse explorado con mayor amplitud.
Finalmente, la historia de amor homosexual que sostiene el relato es conmovedora y delicada; sin embargo, deja la sensación de llegar en un momento donde estas representaciones ya se han normalizado, lo que no le resta emotividad, pero sí la vuelve menos transgresora. Aun así, la película permanece como una reflexión sensible sobre el amor, la memoria y el deseo humano de preservar aquello que el tiempo insiste en borrar.