Pinocho (Reseña) (2026)
El viejo cuento de hadas favorito de muchos está de regreso en esta nueva versión live-action, realizada en Rusia —sí, leíste bien—, y aún más interesante es que está dirigida por un cineasta ucraniano, un dato que resuena bastante considerando el contexto actual.
La historia arranca de una forma completamente inesperada: tres cucarachas que funcionan como narradoras y detonantes de la trama. Ellas buscan la ayuda de una misteriosa anciana que vive en un submarino en el fondo del mar, conocida como la tortuga. Esta les entrega una llave capaz de abrir una puerta que concede el deseo más profundo de quien la posea. Es así como llega a manos de Gepetto, quien desea tener un hijo… y ahí comienza todo.

Desde este punto, la película deja claro que, aunque conserva a los mismos personajes, la narrativa toma un rumbo distinto. Cuando Pinocho aparece, intenta ir a la escuela, pero su padre decide no llevarlo por miedo a la reacción de los demás niños. Esto lo lleva a huir y encontrarse con el teatro de Karabas Barabas, probablemente uno de los personajes más detestables de la historia. Aquí se desata su segundo gran conflicto.
Con una duración de 1 hora con 42 minutos, esta versión se siente mucho más teatral, apostando por una gran cantidad de números musicales que, te lo aseguro, te harán querer cantar y hasta bailar desde tu asiento. Es una película que puedes disfrutar con tus hijos, con tus amigos, tu pareja… o incluso con tus enemigos.

En lo personal, me parece una película entretenida, de esas que te hacen pasar un buen rato. La animación está bien lograda y, lejos de sentirse artificial, logra quedarse en tu mente gracias a la caracterización de los personajes. El maquillaje, el vestuario y la ambientación construyen una identidad visual bastante clara, siendo, sin duda, de sus mayores aciertos.