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Sin importar las tragedias, los enojos, las tristezas; los perros siempre están para nosotros incondicionalmente, aún sin poder emitir una palabra nos demuestran su alegría y empatía.

Tras el sensible fallecimiento de su padre Nata sufre una profunda depresión, todo le recuerda su presencia; tiene un perro llamado Toto, al cual recogió desde pequeño a pesar de tener un aspecto peculiar. Aprendió a quererlo, a protegerlo, pero al estar pasando por este difícil proceso, lleva a su querido compañero hasta un parque para abandonarlo y así olvidarse de todo lazo afectivo que pudiera albergar en su corazón. Sin embargo el querido e inocente perrito pese a estar perdido no deja de querer a Nata, de hacer hasta lo imposible por estar de nuevo a su lado, busca cualquier tipo de rastro que lo lleve hasta su casa. Por su parte ella siente ese remordimiento por haber dejado a su suerte a ese animalito que la acompañó en distintos momentos. Así un día emprende el viaje por tenerlo una vez más con él, aunque en ese trayecto existirán todo tipo de peripecias y lecciones que cada uno aprenderá por dolorosas que sean.

A lo largo de los años en distintos recintos teatrales se ha montado esta obra, de la mano de sus autores Sara Pinet y Alejandro Ricaño, quien también dirigía. En esta ocasión Adrián Vázquez y su compañía “Los tristes tigres” realizan una adaptación fresca, con personajes completamente entrañables, con una sensibilidad a flor de piel. Incluso para darle este nuevo toque a la puesta en escena el elenco es conformado por las actrices Fátima Favela, Carla Adell quienes interpretan a Nata y por su parte los actores Luis Rodríguez y Mario Alberto Monroy le dan vida a Toto, alternando funciones.

“Lo que queda de nosotros”. Es una puesta en escena poderosa y conmovedora; nunca es fácil hacer teatro infantil porque desde los primeros momento se debe de mantener la atención de los peques y esto se logra a la perfección; debido a que es un maravilloso melodrama bien estructurado, con uno que otro momento cómico sin perder el hilo conductor que narra la historia de una niña llamada Nata y su perrito Toto. Se les habla a los niños de forma directa, clara, sin censura y sin hacerlos pasar por tontos, en pocos segundos ellos notan la honestidad con la que se encaran las circunstancias que llevan a Nata a cometer tal o cual acto, se habla sobre cómo lidiar con la muerte de un ser querido, del abandono; pero con una muy buena dosis de humor para relajar los momentos más tensos.

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Es un trabajo eficiente, de buen ritmo y con el tono indicado para llevar de la mano al espectador a que sienta ese apretón en su corazón. Algo que acompaña de manera perfecta a lo que se desarrolla en el escenario con las actuaciones junto a lo que fue escrito, sin duda alguna es la música en vivo. Además lo que cada uno de los personajes está viviendo, todos esos miedos, tristezas, anhelos están bien retratados a través de un buen uso del espacio disponible con una escenografía limpia y sencilla, con los distintos cambios de luces por lo que se siente el frío o el miedo con tonos grises a toda esa felicidad con colores cálidos y pastel.

Uno de los aspectos más poderosos de la obra, lo que realmente convierte al montaje en un trabajo entrañable, desgarrador y conmovedor al mismo tiempo, es el trabajo actoral que realizan los elencos sobre el escenario. Mientras que Fátima y Carla paralizan al espectador con la furia de sus miradas, mismas que puede transformarse en un segundo para reflejar el profundo dolor que Nata siente en la boca del estómago cada vez que piensa en la trágica muerte de sus papá, Mario Alberto y “Guana” encantan, deleitan a niños y adultos como el perro Toto, demostrando igualmente su rango como histriones en los momentos más oscuros de las aventuras que este can de tres patas tiene que pasar en su camino de vuelta a casa. Sin duda alguna, son dos de las actrices más más interesantes y capaces de su generación, unidas para la creación magia pura; junto al carisma y alegría de los actores.

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Trabajos escénicos como “Lo que queda de nosotros” nos ayudan a entender esta ineludible realidad, que tarde o temprano se va a tener la pérdida de un ser cercano por más querido que éste sea, que se tiene que aprender a vivir y sobrellevar todo; que se tiene que seguir adelante y disfrutar al máximo la vida. De aprender a querer y cuidar a nuestras mascotas que no son sólo eso, sino se vuelven parte de nuestra familia. Que a lo mejor si no se puede estar todo el tiempo con ellos, demostrarles ese cariño, de jugar con ellos, de ponerles atención, la misma que ellos nos ponen cuando les hablamos, cuando los acariciamos que incluso se llegan a dormir con nosotros. Sea el tiempo que sea, unos días, meses o muchos años debemos querer, cuidar, alimentarlos hasta que llegue el momento en el que trasciendan.

Las funciones se llevan a cabo todos los sábados a la 1 pm, en el teatro Ofelia, a partir del 14 de junio.

Lo que queda de nosotros - Cartelera de Teatro CDMX

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