Sirat (Reseña)
No es raro que una película comience con una cita a cuadro, pues éstas tienden a dar idea de la temática que está a punto de ser tratada de manera audiovisual. Sin embargo, es raro que estas palabras preambulatorias tengan el mismo efecto que con las que abre “Sirat”: «Existe un puente llamado Sirat que une infierno y paraíso.
Se advierte al que lo cruza que su paso es más estrecho que una hebra de cabello y más afilado que una espada». A primera impresión, éstas palabras no significan mucho, si algo, evocan una reflexión que permanece en segundo plano en tu mente.

No es hasta que ésta termina, que entiendes el por qué el realizador Oliver Lux decidió iniciar con estas palabras y cómo es que las mismas cobran aún más fuerza una vez que el viaje termina. “Sirat” sigue la historia de Luis (Sergi López) y su hijo Esteban (Bruno Nuñez), quienes asisten a un rave en el desierto marroquí con el fin de encontrar a su hija perdida.
Es durante esta búsqueda que ambos conocen a un pequeño grupo que les comenta que quizá tendrían más suerte buscándola en la fiesta clandestina que seguirá al rave en el que están.
Es bajo esta pequeña esperanza de finalmente encontrarla, que el padre e hijo deciden seguir al grupo al desierto, incluso después de que el ejército cancelara la fiesta en la que estaban, dando así inicio a la travesía que cambiaría su destino. La cinta comienza con imágenes de el rave siendo instalado, introduciendo así a uno de los mejores elementos de la obra: el soundtrack. Es esta música la que te inicia en el mismo trance en el que los protagonistas estarán.
Las imágenes del rave en el desierto, tan espectaculares, hacen que por unos momentos te pierdas en la experiencia sensorial de música trance acompañando a gente experimentando un festival. Durante esta secuencia inicial, conocemos a los personajes en su hábitat natural: mientras que el grupo de fiesteros está perdido en el goce desenfrenado, Luis y su hijo están pérdidos en el dolor que los motiva a encontrar aquello que perdió.

A partir de la intervención del ejército y de la decisión del grupo por tomar su camino, es que comienza verdaderamente el viaje a través del estrecho infernal que la cita inicial hace referencia (esto, incluso, lo marcan con el hecho que los títulos iniciales no aparecen hasta que se adentran al desierto de manera clandestina).
Seguido de este punto, uno podría pensar que la cinta se tornaría en una especie de road movie el que se probarían los valores de Luis, un padre que contrasta completamente con la mentalidad de los fiesteros, mientras se enfrenta a la naturaleza del desierto, pero en realidad termina por ver una película brutalmente cruda acerca de la crueldad del destino. Posterior al cruce del “puente”, Luis es probado a toda costa – siendo cada vez peores las inconveniencias a las que se enfrenta.
Empezando por dificultades cualquiera, como problemas cruzando los terrenos, la cinta va subiendo de tono hasta culminar en que Luis es testigo de cómo su hijo, Esteban, cae por un acantilado estando dentro del coche. Este suceso, envuelve a todos en un profundo shock, sacándolos del camino que originalmente pensaban seguir. Envueltos por el duelo, la comunidad de viajantes decide adelantar un poco la fiesta teniendo una pequeña experiencia psicodélica en un terreno, cuando, en medio del baile, detonan una bomba que los hace caer en cuenta que en realidad están en medio de un campo minado.

Es justo en este momento que el director, Oliver Lux, decide llevar la película al límite. Uno pensaría que la violencia, o al menos, su auge, habría acabado con la pérdida de Esteban, pero no es así. Es esta secuencia en el campo minado que te lleva a recordar la cita con la que abre la cinta y lo mágico que puede ser cuando un filme se convierte en algo completamente sensorial.
Durante los siguientes minutos, que en realidad se sienten como horas, se experimenta un amplio rango de emociones que culmina en uno tanto suplicando por que termine como por rogar por ver el desenlace. Este tercer acto te remite al trance al que te adentras voluntariamente en un principio, en el que pensarías que te divertirás en el desierto, para recordar que incluso estos viajes psicodélicos pueden tornarse violentos, y que no hay más que esperar a que éstos se acaben para poder salir de ellos.
Si bien, el final puede ser un poco ambiguo para algunos, el mensaje de que se cruzó el puente entre el cielo y el infierno queda más presente que nunca. Realmente, al igual que los personajes, se embarca en este viaje que como espectador te cuestiona y te lleva a un límite.
Es ahí dónde la cita inicial cobra otro sentido, ahora con un peso que incluso podría sentirse como de advertencia. “Sirat” es verdaderamente una experiencia, en toda la expresión de la palabra. Lo mejor es ir a ciegas, sin saber qué esperar, cosa que hoy en día, con el exceso de información, es una situación que es un privilegio poder hacer.
Sin embargo, independiente del contexto que se tenga de ésta, es al verla que se entiende por qué causó revuelo en Cannes de este año (ganó el “Prix du Jury” y el “Palm Dog” por la interpretación hecha por los elementos caninos en la historia). Si de por sí, la historia habla por sí sola, el soundtrack junto con la edición crean el trance perfecto que hace que el peso de la historia se sienta como una herida mortal.
Las imagenes capturadas del desierto son visualmente espectaculares, además de que remiten al trabajo del mismo productor ejecutivo, Almodovar, con su manejo de color y de composición. Es sin duda un deleite, que te permite en momentos soltar el control y disfrutar de un cine sin pretensiones, que sólo presenta la armonía lograda entre imagen y audio.

La actuación del elenco también es fenomenal, si bien, es obvio cuando identificamos que Luis es interpretado por la leyenda de la actuación Sergi López, ésto es reforzado cuando te enteras que gran parte del elenco de ravers está conformado en su mayoría por personas que también lo son en la vida real y que no tienen mucha experiencia actoral.
Esta mezcla de experiencia e inexperiencia, refuerza el contraste de los personajes. Mientras que Luis, quien destaca por su manera de ser en el desierto (vistiéndose como un hombre cualquiera español que no está listo para lo árido del ambiente), representa la experiencia de López como un actor fenomenal; los fiesteros, quienes visten libremente y fluyen, representan su inexperiencia como actores, dejando un producto final exquisito.
“Sirat” es una película brutal – que cuestionará a su audiencia y que continuará por provocar reacciones polarizantes entre sus espectadores. Su manejo de la violencia y de su crudeza al hacerlo, es francamente obsceno, en el sentido que se queda contigo como la sensación de la primera vez que uno enuncia una grosería – si bien, sabe que es algo que no debería gustarle, se queda con esa adrenalina de lo logrado.

No hay más que decir que uno también cruza ese estrecho que las palabras iniciales mencionan, que vive ese término en el Islam que se refiere a la vía con la que uno puede alcanzar la salvación tras un juicio, mismo concepto que nombra la película, es así que uno experimenta, “Sirat”.
La cinta forma parte de la 78ava Muestra Internacional de Cine de la Cineteca Mexicana, posteriormente gozará de un estreno en cines generales, pero es necesario verla antes de que ésta explote (cómo seguramente lo hará) y uno pueda formar su propia opinión de la brutalidad de la cinta.