Beso de Tres (Reseña)
Estrenada el 26 de noviembre de 2025, Beso de Tres —dirigida por Chad Hartigan y escrita por Ethan Ogilby— se presenta como una historia que, bajo la apariencia de un drama romántico contemporáneo, lanza una pregunta incómoda y profundamente provocadora: ¿realmente estamos hechos para la monogamia?
Con un elenco encabezado por Zoey Deutch, Jonah Hauer-King y Ruby Cruz, la película construye un relato íntimo, inquietante y sorprendentemente reflexivo sobre el deseo, la contradicción emocional y la fragilidad de las normas tradicionalmente aceptadas en torno al amor.

La historia sigue a Connor, un joven eternamente enamorado de Olivia, una mujer libre, impulsiva y emocionalmente inestable. Entre ellos existe una tensión constante: hay atracción, complicidad y deseo, pero también miedo al compromiso, inseguridad y una insaciable necesidad de algo “más”.
En una noche que parece insignificante —como tantas decisiones que tomamos en la vida— ambos conocen a Jenny, una desconocida que aparece casi como una manifestación del deseo reprimido de experimentar algo distinto.
El trío que se forma no es solo una experiencia sexual: es la ruptura simbólica, aunque involuntaria, de la estructura monógama sobre la que creían edificar su vínculo.

Lo verdaderamente interesante es que Connor interpreta aquel momento como el cumplimiento de su fantasía máxima: la unión con la mujer que ama… y con alguien más. Es ahí donde la película comienza a cuestionar, de manera silenciosa pero contundente, la idea de que el amor debe limitarse a un solo individuo. La experiencia no solo expande el deseo, sino que lo problematiza.
Cuando las consecuencias aparecen —dos embarazos simultáneos— la realidad cae con una crudeza que obliga a los personajes a enfrentarse no solo a la responsabilidad biológica, sino a sus propias creencias sobre el amor, la familia y la fidelidad.
La cinta deja ver, de manera casi filosófica, que quizá el gran conflicto no es el acto en sí, sino la estructura mental, social y cultural que condena cualquier forma de amor que se aparte de la monogamia. Los personajes se debaten entre lo que sienten, lo que desean y lo que “deberían” hacer.
Y en ese choque interior surge la gran paradoja: incluso cuando el corazón es capaz de sentir amor por más de una persona, la moral aprendida exige elegir, renunciar, definir, limitar.

Beso de Tres no glorifica el poliamor, pero tampoco lo condena. Lo expone como lo que es: una posibilidad real, compleja, caótica, profundamente humana. La película nos muestra que el ser humano, movido por su necesidad de sentir, suele buscar emociones intensas aun sabiendo que le traerán dolor.
Y quizás esa sea nuestra naturaleza: no la estabilidad eterna, no la fidelidad impuesta, sino el movimiento constante entre el deseo, el arrepentimiento, la ilusión y el aprendizaje.

En este sentido, la obra de Hartigan puede interpretarse como una crítica velada a la idea de que solo existe una forma “correcta” de amar. El triángulo amoroso no se presenta como una fantasía idealizada, sino como una realidad cargada de consecuencias, pero también de verdad. Los vínculos que parecen “incorrectos” para la sociedad, a menudo son los más honestos para quienes los viven.
Y quizá el verdadero problema no sea amar a más de una persona, sino no saber cómo gestionar ese amor en un mundo que insiste en encasillarlo.

Las reacciones de las dos mujeres frente al embarazo acentúan esta reflexión: una, noble y resignada; la otra, confundida y dolida, pero decidida a seguir adelante. Ambas representan distintas formas de amar y de asumir la maternidad.
Connor, por su parte, pasa del miedo paralizante a la aceptación, comprendiendo que ninguna fantasía es inocente, pero que toda experiencia deja una huella transformadora.

Al final, Beso de Tres sugiere que tal vez las personas no estamos diseñadas para relaciones rígidas, eternas y perfectamente estructuradas. Tal vez estamos diseñadas para sentir, equivocarnos, evolucionar y aprender.
Tal vez el amor no se trata de posesión ni de exclusividad, sino de conexión, responsabilidad y conciencia. La monogamia, entonces, deja de ser un destino, para convertirse en una elección —una entre muchas posibles.

Más que una historia de escándalo o drama romántico, esta película es un espejo incómodo: nos enfrenta a la posibilidad de que el ser humano no busca la estabilidad, sino la intensidad; no la regla, sino la experiencia.
Y quizás, en medio de ese caos emocional, se encuentre la única verdad que importa: que la vida no está hecha de temporadas felices, sino de momentos felices que debemos aprender a reconocer, aun cuando duren poco.