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Presentada en las instalaciones del Teatro La Capilla Coyoacán, Sedientos es una propuesta escénica de la compañía Oniricalab que trae a México uno de los textos más complejos y emotivos del dramaturgo canadiense Wajdi Mouawad, escrito con la colaboración de Benoît Vermeulen.

La traducción es de Humberto Pérez Mortera y la dirección corre a cargo de Enrique Aguilar, quien construye una puesta en escena íntima, contenida y profundamente reflexiva. El elenco, integrado por Antón Araiza, Mel Fuentes y Nabí Garibay, sostiene la obra con interpretaciones que transitan entre la memoria, el dolor y la confrontación interna.

Mouawad, reconocido por explorar la identidad, el pasado y las heridas emocionales desde estructuras narrativas fragmentadas, encuentra aquí un terreno fértil para examinar los ciclos inconclusos de la vida.

La historia gira en torno a Boon, un antropólogo forense que se enfrenta a un caso inquietante: los cuerpos de dos jóvenes, muertos hace diecisiete años, son hallados en el fondo de un río sin que nadie conozca su identidad.

Lo que comienza como una investigación profesional pronto adquiere un carácter profundamente personal cuando Boon descubre que uno de los fallecidos pertenece a su pasado. Los recuerdos de juventud, aquellos que creía enterrados bajo el peso del tiempo, resurgen con fuerza devastadora.

Entre la indagatoria científica y sus propios conflictos internos, Boon revive pasiones olvidadas, sueños truncados y decisiones que marcaron el rumbo de su existencia. La obra se convierte así en un viaje emocional que oscila entre la rabia, la rebeldía, el amor y la búsqueda del lugar propio en el mundo.

Ciertamente no existe una forma única de vivir ni un manual que dicte cómo deberíamos actuar. Incluso el concepto de “destino” puede entenderse como una ilusión nacida de nuestros miedos y de aquello que deseamos que suceda.

Sin embargo, aunque no exista una estructura sólida que rija la vida, pareciera que todos transitamos por ciclos: etapas que inician, se desarrollan y eventualmente deberían cerrarse.

Sedientos coloca en el centro una pregunta crucial: ¿Cuándo termina un ciclo? ¿Depende únicamente de la voluntad individual o intervienen también las circunstancias? Boon representa al individuo que, sin plena conciencia, dejó un capítulo fundamental inconcluso.

Años atrás soñaba con ser un gran escritor, pero tras enfrentarse a situaciones trágicas decidió interrumpir abruptamente ese anhelo. La vida continuó, tomó otro rumbo, pero aquello que quedó pendiente no desapareció; simplemente permaneció sumergido, como los cuerpos en el río, esperando ser descubiertos.

La obra sugiere que la vida no pierde la memoria de lo inconcluso. Aunque el individuo intente olvidar, algo, quizá una fuerza interior, quizá una profecía autocumplida, favorece circunstancias que conducen al cierre necesario.

En ese sentido, la pieza es profundamente compleja: por un lado, afirma el libre actuar de cada persona; por otro, plantea que existe una inercia vital que impulsa a enfrentar lo pendiente. También reflexiona sobre la valoración de lo bello y lo atroz como algo absolutamente íntimo.

Lo que para uno es hermoso puede resultar irrelevante para otro, generando fracturas entre lo que deseamos, lo que la sociedad espera y lo que realmente somos.

Uno de los recursos metafóricos más potentes es la imagen de un cuerpo transparente que deja ver en su interior una mancha oscura. La mancha no causa síntomas físicos; siempre estuvo ahí.

Lo que cambia es la transparencia, la conciencia de su existencia. Esta metáfora sugiere que nuestras sombras, miedos, frustraciones, culpas, no surgen de repente, sino que forman parte de nosotros desde siempre; lo decisivo es el momento en que las vemos y decidimos qué hacer con ellas.

En última instancia, Sedientos nos recuerda que nadie puede obligarnos a cerrar un ciclo ni a retomar un sueño, pero también insinúa que la vida, de algún modo, insiste en conducirnos hacia la resolución de lo pendiente.

La obra invita a un viaje de introspección, a reconocer tanto lo que consideramos hermoso, el amor, la pasión, la creación, como aquello que tememos mirar.

En la intimidad del escenario del Teatro La Capilla, la historia de Boon se transforma en un espejo que nos confronta con nuestras propias decisiones y con la certeza de que dentro de nosotros habitan opuestos. Reconocerlos quizá sea el primer paso para cerrar aquello que, durante años, permaneció sediento de conclusión.

 

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