Backrooms (Reseña)
El terror contemporáneo ha encontrado una de sus expresiones más inquietantes en aquello que parece cotidiano. Backrooms (2026), dirigida por Kane Parsons y escrita por Roberto Patino y William Bromell, a partir de una historia del propio Parsons, lleva a la pantalla grande uno de los fenómenos digitales más extraños surgidos de internet en los últimos años.
Con fotografía de Jeremy Cox y un reparto encabezado por Renate Reinsve, Chiwetel Ejiofor, Mark Duplass, Finn Bennett, Lukita Maxwell y Avan Jogia, la película transforma una premisa nacida del imaginario colectivo digital en una experiencia cinematográfica que apuesta más por la sugestión que por el sobresalto fácil.

La historia inicia con un hecho aparentemente imposible: una puerta aparece en el sótano de una exposición de muebles. Poco después, el paciente de una terapeuta desaparece al cruzarla y deja tras de sí una única certeza: existe un lugar más allá de la realidad conocida. Movida por la necesidad de rescatarlo, ella decide entrar en ese espacio desconocido y descubre una dimensión formada por habitaciones anidadas interminables, corredores repetidos y escenarios que parecen construidos con fragmentos defectuosos de la memoria.
Sin embargo, Backrooms encuentra su verdadera fuerza no en la historia de rescate, sino en aquello que representa. La película parece construida sobre una idea profundamente humana: el ser humano teme menos a aquello que conoce que a aquello que no puede explicar.

Existe una necesidad casi automática de completar lo inconcluso, de cerrar conversaciones pendientes, resolver conflictos y dar forma a aquello que quedó suspendido en el tiempo. Cuando esto no sucede, la mente continúa trabajando en silencio. Desde esa lectura, las backrooms dejan de ser únicamente un lugar físico y comienzan a funcionar como una metáfora del inconsciente.
Cada habitación parece un intento fallido de reconstruir una experiencia humana. Espacios reconocibles pero incorrectos; familiares, aunque imposibles. La sensación constante es que esos lugares existen porque alguien necesitó completarlos, aunque nunca logró hacerlo del todo. El resultado es una arquitectura emocional: escenarios construidos a partir de recuerdos, temores y pensamientos que jamás encontraron una conclusión. Ahí aparece uno de los elementos más perturbadores de la película.

El terror no surge solamente de caminar por espacios vacíos. Surge del hecho de que la mente humana rechaza la nada. Cuando no encuentra respuestas, las inventa. El silencio se convierte en amenaza; una habitación vacía se transforma en la posibilidad de que exista algo oculto; un pasillo interminable deja de ser un lugar y se convierte en expectativa. Pero Backrooms da un paso más allá al sugerir algo todavía más inquietante: quizá esos espacios no pertenecen únicamente a una sola persona.
La película deja abierta la posibilidad de que las mentes humanas están conectadas de alguna manera y que estos escenarios sean zonas compartidas donde permanecen acumulados pensamientos, traumas y experiencias inconclusas. Bajo esa interpretación, cualquiera podría atravesar accidentalmente hacia el paisaje mental de alguien más, y ahí es donde aparece la idea más perturbadora de todas. Las backrooms no serían una dimensión ajena, sino una extensión materializada de la realidad misma; lugares que siempre estuvieron ahí, esperando ser descubiertos.
Backrooms funciona precisamente porque evita responder demasiado. Entiende que el miedo auténtico nace de la incertidumbre y que algunas preguntas son mucho más inquietantes cuando permanecen abiertas. Después de todo, quizá existen lugares que el ser humano no debería conocer, y quizá el verdadero horror no es perderse en ellos, sino descubrir que siempre estuvieron dentro de nosotros.