La Guerra de los Últimos: Mucha fotografía, poca explosión

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Un virus acaba de diezmar a la humanidad y los pocos supervivientes ahora deben enfrentarse no solamente a un mundo destruido, sino también a los Segadores, una especie de carroñeros que recorren lo que queda de la civilización buscando sobrevivir a expensas de los demás.

La historia sigue a Hig, interpretado por Jacob Elordi, un piloto que sobrevive en un pequeño aeropuerto abandonado junto a su perro Jasper y Bangley, un exmarine bastante más desconfiado y violento interpretado por Josh Brolin. A ellos se suman Margaret Qualley como Cima, Guy Pearce como Pops, Allison Janney y Benedict Wong, completando un reparto bastante sólido.

Esta vez Ridley Scott nos presenta la adaptación de la novela de ciencia ficción The Dog Stars, escrita originalmente por Peter Heller en 2012. Scott siempre ha sido un director con una fuerte relación con la ciencia ficción y aquí vuelve a demostrar que sabe construir mundos devastados y visualmente atractivos.

La adaptación, escrita por Mark L. Smith y Christopher Wilkinson, toma la premisa de Heller y la lleva a la pantalla apostando más por la supervivencia, la pérdida y la búsqueda de algo de esperanza en medio del desastre.

Y hablando de eso, la fotografía es la joya de la corona y probablemente lo que más destaca de toda la cinta. Los paisajes desolados, las tomas aéreas y la sensación de estar viendo un mundo prácticamente vacío hacen que por momentos la película se sienta enorme, incluso cuando la historia se concentra en unos cuantos personajes. La fotografía estuvo a cargo de Erik Messerschmidt, y es uno de los elementos que mejor aprovecha la escala del proyecto.

En lo particular, la película está bien, pero como que le falta algo. En los momentos más tensos de la trama, cuando parece que todo va a explotar, le hace falta pólvora para causar ese gran boom que nos venían anunciando. La película construye situaciones que parecen destinadas a terminar en una gran secuencia de acción, pero varias veces decide bajar el ritmo y regresar a su lado más contemplativo.

Y eso no necesariamente es malo. De hecho, es parte de la propuesta de Ridley Scott: The Dog Stars no pretende ser únicamente otra película de supervivientes disparándole a todo lo que se mueve. Hay bastante espacio para hablar de la soledad, el duelo, la necesidad de encontrar compañía y la posibilidad de volver a confiar en alguien después del fin del mundo.

El problema es que, para mí, la película no siempre consigue equilibrar esas dos partes. Cuando funciona como drama postapocalíptico, funciona bastante bien; cuando intenta convertirse en thriller de supervivencia, se queda un poco corta. Los Segadores, que deberían representar una amenaza mucho mayor, terminan sintiéndose menos intimidantes de lo que la propia película promete.

La trama también puede sentirse un poco floja al momento de llegar a sus desenlaces. Hay buenas ideas, buenos personajes y momentos que realmente funcionan, pero algunas situaciones parecen preparar algo mucho más grande de lo que finalmente recibimos. Y ahí es donde queda esa sensación agridulce: no es una mala película, pero tampoco termina de convertirse en la gran película postapocalíptica que uno esperaba de Ridley Scott.

Eso sí, Josh Brolin es la cereza del pastel. Bangley es probablemente el personaje que más personalidad aporta a la película y Brolin hace que sus escenas sean de las más entretenidas. Su dinámica con Hig funciona muy bien precisamente porque son personajes completamente diferentes: uno todavía busca conservar algo de humanidad y el otro parece haber decidido que la humanidad ya se acabó hace mucho tiempo.

“The Dog Stars” o “La Guerra de los últimos” es una película palomera para los amantes del cine postapocalíptico, especialmente para quienes disfrutan más de los mundos destruidos, los paisajes impresionantes y las historias de supervivencia que de la acción constante.

Tiene una buena fotografía, un reparto bastante fuerte y la firma visual de Ridley Scott, pero la historia no siempre está a la altura de todo lo que promete. Es una película que se disfruta, pero que deja esa sensación de “pudo haber sido mucho más”.

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