30 Tour de Cine Francés: Sólo una ilusión, crecer en los suburbios de París en 1985 nunca dolió tan bonito

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Desde hace algunos años, la nostalgia por la década de 1980 ha sido epicentro y escenario de una tendencia temática que ha movido las producciones. Agridulce recordatorio, las películas de este estilo fungen como un catalizador para la reflexión, un terreno fertil para varias de las mejores propuestas de coming of age. Como no podía faltar, el 30 Tour de Cine Francés aporta con «Solo Una Ilusión».

Vincent tiene casi 13 años. Está en ese limbo donde ya no eres niño pero tampoco te toman en serio como adulto. En casa, su padre está desempleado y frustrado, su madre quiere abrirse camino en un mundo que no se lo pone fácil y su hermano mayor parece vivir en otro planeta. Afuera, la escuela, los amigos, el primer amor y esa pregunta constante de quién soy y de dónde vengo.

Sin persecuciones que apantallan ni giros que revolucionen la trama, la cinta se siente fuerte y profundamente personal. Aquí el mundo visto desde la adolescencia se torna vibrante, lleno de conflictos que si bien puedan ser pequeños para la experiencia vital son grandes batallas. Por ejemplo, la convivencia entre hermanos que repercute en una lucha por tener el propio cuarto o el convivir con padres que no comprenden, son retratados con naturalidad, justa dimensión para los ojos del protagonista.

Para lograr transportar el efecto de estar en esa época, el diseño de producción bien ejecutado y una fotografía que respira gracias a una luz sin artificios son fundamentales, aspectos disfrutables que valen la pena ver en pantalla grande.

Además de una selección musical y esa aura melómana que va desde el enfoque disco hasta el punk rock que elevan todo el resultado, las actuaciones construyen una química familiar que se siente real. Camille Cottin aporta con una energía materna que se nota: ella quiere llegar lejos en un ambiente donde por ser mujer no se la ponen tan fácil y que en el camino termina rompiendo, demostrando una vulnerabilidad que ilumina cada escena. Louis Garrel confirma su lugar como uno de esos intérpretes que pueden cumplir a cabalidad cualquier papel, dándole vida a un padre de familia herido por el desempleo pero que demuestra el amor por su familia con esa lucha constante.

Simon Boubil lleva bien el peso del protagonismo, con ese carisma juvenil que es sello del cine francés. Confuso, nervioso por esos primeros amores, asustado por la vida, Boubil consigue una excelente interpretación.

Toledano y Nakache dijeron que no querían hacer una película sobre nostalgia vacía, sino sobre memoria. Sobre lo que pasa cuando entiendes por primera vez que tu familia es imperfecta y aún así es tu lugar seguro.

Es una comedia dramática íntima, a paso lento, que apuesta por la ternura. Es una sucesora natural de la nouvelle vague, modernizada y con mucho corazón que vale la pena para respirar, irónicamente, a través de una historia llena de desafíos y conflictos.

Sólo una ilusión es de esas cintas que no necesitan grandes artificios. Funciona porque todos, en algún momento, tuvimos 13 años y creímos que nuestros problemas eran interminables hasta que nos dimos cuenta de que eran el inicio de quiénes somos.

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