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A estas alturas, ver una película sobre corporaciones tecnológicas y filtraciones masivas corre el riesgo de sentirse como un trámite. Ya conocemos la historia de los escándalos de Facebook, las audiencias en el Congreso y la sensación constante de que las redes sociales nos están vendiendo nuestra propia atención.

Sin embargo, El poder de la red de Sony logra esquivar parte de esa fatiga gracias a una decisión inteligente: centrarse en la tensión humana detrás de los documentos, más que en la lección moral.

?La película sigue los pasos de Frances Haugen, interpretada con una contención muy efectiva por Mikey Madison. Lejos de la típica heroína de blockbuster que busca cambiar el mundo de la noche a la mañana, Madison la retrata como alguien abrumado por el peso de lo que sabe, lidiando con el miedo real de enfrentarse a un monstruo corporativo.

La trama acompaña su camino hasta conectar con Jeff Horwitz, el periodista del Wall Street Journal al que da vida Jeremy Allen White con esa energía acelerada y nerviosa que ya le conocemos.

?En la dirección y el guion está Aaron Sorkin, lo cual significa dos cosas para bien y para mal. Por un lado, el ritmo no decae; los intercambios de diálogos tienen chispa y la forma en que explican el funcionamiento interno de los algoritmos sin aburrir a la audiencia demuestra que Sorkin sabe manejar el engranaje del thriller periodístico.

Por el otro, la película a veces no confía del todo en el espectador y cae en sus habituales discursos donde los personajes suenan más listos y elocuentes de lo que sería natural en una conversación real.

?El gran imán de la función termina siendo Jeremy Strong en el papel de Mark Zuckerberg. En lugar del típico villano de caricatura, Strong compone a un tipo frío, desconectado de las consecuencias tangibles de su propio producto, lo que resulta bastante más inquietante.

?Visualmente no hay grandes fuegos artificiales. La dirección de fotografía prefiere los espacios cerrados, las oficinas con luz artificial y una paleta de colores desaturada que refuerza esa atmósfera de oficina gris donde se deciden las cosas que consumen millones de jóvenes todos los días.?

Al final, El poder de la red no descubre el hilo negro sobre el impacto de las redes sociales, pero funciona bien como un drama tenso y ágil. Te deja con esa incómoda sensación de que, por mucho que hablemos de la opacidad digital, el sistema va a seguir operando exactamente igual mañana por la mañana.

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