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DRÁCULA: La Serie de Netflix

Una apuesta fallida

En la industria del entretenimiento, sobre todo en el cine y la televisión, la falta de ideas propias ha provocado que se apueste por los grandes clásicos de la literatura, debido al encanto que poseen. Entre estos se encuentra la novela más importante de Bram Stoker: “Drácula”.

Si bien, en televisión se ha reinterpretado la historia en series como “Penny Dreadful”, “Young Dracula” o “Dracula” del 2013, lo cierto es que en el cine ha visto una explosión de mejor calidad en estas adaptaciones, entre ellas “Nosferatu” (1922), “Dracula” (1931) que dotó (alejadamente) el look del conde a la posteridad, además de dar pie a un universo cinematográfico que llevó a monstruos como el de “Frankenstein”, “El Hombre Lobo” o Ygor a la pantalla grande; el encanto de Christopher Lee en “Dracula” de 1958; las inolvidables “Drácula de Bram Stoker” (1992) (considerada por muchos como la mejor), “Entrevista con el Vampiro” (1994) o la animada “Hotel Transylvania”(2012), con un descafeinado Drácula que divierte a todos, eso sin dejar de mencionar los desastres como “Dracula 2000”, “Dracula 3D” (2012) o la infame  saga de “Crepúsculo” (2008-2012), estas últimas como una falta de respeto a sus orígenes.

Para 2020, la BBC en colaboración con Netflix traen de nuevo a la vida al mítico vampiro que si bien, presenta una propuesta que respeta y se aleja de la obra de Stoker en sus primeros dos episodios, lo cierto es que el tercer y último capítulo falla, llegando a destrozar lo que acertadamente habían construido.

SINOPSIS

En esta nueva versión, el Conde Drácula tendrá como objetivo llegar a Londres para saciar su sed de sangre y poder. Sin embargo, múltiples obstáculos como la monja Agatha Van Helsing, tratarán de impedir cumplir su cometido. 

OPINIÓN

En esta miniserie de 3 capítulos de hora y media cada uno, tenemos dos actos que son una excelente relectura que además de respetar a un gran nivel la obra de Stoker, propone un nuevo camino que es funcional, efectivo y que se siente natural, como si el gran autor irlandés lo hubiera escrito. Esto, se lo debemos a la audacia de Mark Gatiss y Steven Moffat, ambos con experiencia en trasladar las grandes joyas literarias a la pantalla chica de manera estupenda como “Jekyll”, los cuentos de Agatha Christie y la brillante “Sherlock”, la más destacada.

El primer episodio nos presenta a un Claes Bang (The Square) que encarna y da un toque propio a su Drácula, tomando elementos de la interpretación de Christopher Lee (Q.E.P.D.), de la de Gary Oldman y de la obra base. Al danés lo vemos en una combinación magnética de clase, sofisticación, crueldad, un carácter pasional e instintos salvajes desbocados en los momentos oportunos.

Se suma una buena actuación de Dolly Wells en la piel de la monja Agatha Van Helsing, en una versión femenina del doctor Abraham Van Helsing. Resulta interesante la combinación de los enfoques científico y religioso, donde la curiosidad se junta con la valentía en paralelo con la pureza de su personalidad apegada a su iglesia. 

Así mismo, estas nuevas interpretaciones de Jonathan Harker (John Heffernan) y Mina Murray (Morfydd Clark) aunque más secundarios, ayudan a centrar la atención en la dupla Drácula-Van Helsing, siendo impactante ver el estado final de Harker y un giro final respecto a la pareja de enamorados que cambia toda la trama.

Lo más interesante de este primer acto es el clímax del mismo que se torna inesperado, poético y tenso, una lucha entre bien y mal, quizá el momento mejor logrado de la serie, enganchando al espectador que se queda con ganas de más.

En el segundo episodio, donde inteligentemente se centra la atención en la travesía del mítico Demeter, barco donde viajó Drácula a Londres, narrado mediante reportajes que carecen (a propósito) de detalles, se hace uso de un estilo detectivesco, similar a la que se ve en “Sherlock” y que aquí funciona bastante bien.

Si bien, la agenda políticamente correcta hace acto de presencia con personajes diversos (de la india, de color, homosexuales e incluso renegados), su construcción adecuada hace que esto genere subtramas muy interesantes, probando una vez más que no es menester llegar a límites de exageración en la inclusión.

Como en el capítulo anterior, el espectador y sobre todo Van Helsing, van de la mano construyendo el retrato del conde a la par de la situación de la monja que sin duda resulta atrapante.

Sin embargo, desde la mitad de este episodio, las cosas comienzan a perder rumbo y un descontrol, sumado a una salida un tanto inaudita que le quita “punch” al final del mismo, nos avisa de lo que nos espera en el tercer acto, donde el choque de la modernidad llega a descolocar a todos.

En el último capítulo, se intenta trasladar al siglo XXI la llegada a Londres por parte de Drácula. Se puede indicar que hay oportunidades fallidas, demasiadas libertades sin rumbo e incongruencias que destrozan lo que se había establecido. Drácula pasa de ser un personaje que debe superar limitaciones propias de su condición, con interrogantes que él debía responder sobre si mismo y solucionarlas con sus capacidades a tenerlo todo tan sencillo que pierde sentido.

El final es simplemente devastador, donde personajes como Lucy Westenra o John Seward (donde le cambian el nombre a Jack) aparecen pero pasan sin pena ni gloria en pésimas versiones “millennials” que carecen de encanto.

Respecto a la cuestión técnica, la fotografía y dirección de cada episodio son de una calidad alta. Paleta de colores que va de acuerdo a la situación, tenor o contexto que suceden, tomas, encuadres que ayudan a generar atmósferas más que efectivas gracias jump scares, gore y violencia bien ejecutados en dos de los tres episodios.

En cuanto a la música de David Arnold y Michael Price, se puede notar una gran influencia de Wojciech Kilar, quién musicalizó la aclamada “Drácula de Bram Stoker”. Acompaña perfectamente cada secuencia y es quizá uno de sus puntos altos.

CONCLUSIÓN

“Drácula” de Netflix posee dos episodios que resultan una propuesta interesante, respetando la esencia de la obra de Stoker pero con libertades a favor de lo que se torna como un nuevo camino a lo que se conoce, a su vez engalanado por una parte técnica agradable.

Sin embargo, el cierre sepulta todo lo que había enganchado y lo que estaba construido sólidamente se cae, perdiendo todo el rumbo.

Una apuesta fallida que no permite a Claes Bang tomar su lugar como el nuevo príncipe vampiro y que en esta ocasión, los errores en la ejecución de la idea terminan por ser una estaca en su corazón.

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