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Mank, el lado oscuro de una época dorada

Históricamente, la época dorada de Hollywood comenzó después de una gran depresión económica y de una transición en el mundo de la cinematografía que pasaba del cine mudo al sonoro a pasos agigantados. Es en esa particular época a blanco y negro que esta Meca del Cine fue hogar de escándalos, talento y posturas políticas donde se formaron grandes historias y muchas injusticias.

Retomado esta momento, el director David Fincher decide enfocarse en un guionista rodeado de problemas como el alcoholismo desmedido y la adicción por el juego como lo fue Herman J. Mankiewicz, mejor conocido como ‘Mank’, y el proceso creativo del guión de una de las más grandes cintas de la historia del cine: Ciudadano Kane.

La cinta nos presenta al escritor en una crisis después de un accidente automovilístico en la cual Orson Welles decide encerrarlo en una casa, eliminarlo de todas las distracciones posibles para que se enfoque a escribir el guión de la cinta que lo encumbraría y le daría nombre en medio de una industria que si bien comenzaba a brillar como el oro por fuera, por dentro estaba corrompida.

Durante ese proceso de encierro, acompañamos a Mank (Gary Oldman) y su travesía en la década de los 30s, donde conoce los tejes y manejes del mundo del cine gracias a su labor en la Metro Goldwyn Mayer, su labor con los grandes nombres de la industria y su relación de amor/odio con el magnate William Randall Hurst (Charles Dance) así como el cinismo y las trampas de otros cuantos nombres importantes de la industria que tenían que sobrevivir en la voracidad de un mundo donde la moral es borrosa y no hay glamour.

Fincher entrega un filme que, para muchos, es una especie de homenaje al cine mismo, pero en realidad va un poco más allá al mostrar esa cara de Hollywood que pocas veces se muestra, ya sea la pelea por el crédito de escribir el guión de una de las películas más importantes de la historia o las injusticias en el gremio y el poco crédito o visibilidad que se le da a gente como los sonidistas, editores y escritores mismos que tenían que alinearse a lo que los jefes decían.

En ese punto, Fincher lanza varios dardos envenenados de manera discreta en unos casos y en otros un tanto más directos, gracias a la labia de Mank, papel en el que Oldman vuelve a demostrar porqué es uno de los mejores actores de su generación, además de rodearse de papeles secundarios como Joe, su hermano (Tom Pelphrey), la actriz Marion Davies (Amanda Seyfried) o el ejecutivo Irving Thalberg (Ferdinand Kingsley) que van acompañándonos durante esta década de excesos, sarcasmo y provocaciones.

Esa química entre los actores logra muy buenas escenas en una cinta cargada de diálogos donde el ritmo puede llegar a ser cansino pero el contexto resulta muy enriquecedor al ver todo con lo que Fincher rodea este microuniverso de Mank que lo fue llevando al límite de entregar su mejor trabajo, el guión del Ciudadano Kane, y a su vez rompiendo los mitos de una época dorada que, por detrás, era mucho más gris.

Otra excelente labor por parte de Fincher recae en la hechura técnica de la cinta, desde el diseño sonoro que nos recuerda al de las películas de la época de los 30s, hasta el diseño de vestuario, la fotografía en blanco y negro que resulta perfecta para contextualizar este mundo post Gran Depresión rodeado de cambios e incluso las ‘marcas de cigarro’ en la esquina superior de la cinta por momentos que nos remiten a ese proceso de edición que se hacía en los filmes mucho tiempo antes de la era digital (algo que curiosamente el director explicaba en una de sus cintas previas, El Club de la Pelea).

Todo ese detalle nos muestra una pasión por el cine y la industria pero no deja de lado el hablar de cómo los intereses muchas veces guían la mano de ese quehacer cinematográfico, soltando esos golpes bajos hacia el cine usado como propaganda, algo que en Alemania ya sucedía con el nacionalsocialismo y Leni Riefenstahl, así como las ideas en contra del socialismo en la política estadounidense, entre muchos otros puntos referentes en ese momento de la historia que se enfocan en hacernos ver ese lado sucio al que Mank se enfrenta de manera desfachatada con su alcoholismo y adicciones.

Pero más allá de eso, nos presenta también la lucha de un talentoso guionista que poco a poco, junto a otros en su momento, tuvo que enfrentar injusticias como la falta de pago, la censura y los vetos por ir en contra de ciertas ideologías, y de cómo a veces en los momentos más desesperados es donde encuentras la inspiración interna para dar lo mejor y hacer algo memorable aunque vaya en contra del sistema o de los pactos de los grandes nombres.

Es así que, sin buscar redimir a nadie, Mank se convierte en una pieza cinematográfica que desmitifica no sólo a personajes históricos impolutos en esta dramatización de época, sino que nos presenta a un talentoso y tormentoso personaje de la historia del cine que ayuda a quitarnos el velo del mundo soñado de Hollywood, enseñando esa cara perversa de una industria disfrazada de una carta de amor al cine mismo.

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