La fiera y la fiesta, un viaje onírico en busca del pasado

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Jean-Louis Jorge, un hombre entusiasta que creía en la magia del cine para traer a la realidad paisajes y situaciones como sacadas de un sueño, revivir fantasmas y a los más exóticos monstruos nocturnos a través de un drama poético. Toda esa esencia caribeña con toques de Hollywood del director dominicano se retrata en el filme La fiera y la fiesta de Laura Amelia Guzmán e Israel Cárdenas.

Como una especie de despedida, Vera decide filmar la última película de su amigo, Jean-Louis Jorge. Busca a todos sus antiguos amigos con los que solía hacer cine pero se encuentra con que la mayoría ya están muertos, solo quedan ella, Henry y Martín, quienes se unen para terminar el guión y grabar la película. Entre los bailarines se encuentra a uno que lo identifica como su nieto, con quien entabla una conexión de vuelta a su juventud. A lo largo de esta travesía, ocurren situaciones que pareciera una señal de que la filmación se debe detener, pero aun así, Vera, se empeña en cumplir el último sueño de su amigo.

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 “Unos niños en cuerpos adultos”, así describe a Laura a los actores de esta película: Geraldine Chaplin (Vera), Udo Kier (Henry) y Luis Ospina (Martín), reconocidos actores que dejan de lado de su edad para dejarse ir por la imaginación y espontaneidad. Encajan a la perfección con los actores más jóvenes: Jacki Ludueña (Yony), Pau Bertolini  (Stonem), Jeradin Asencio (Myriam) y Fifi Poulakidas (Stella), que dejan ver una salvaje sensualidad y energía en cada movimiento.

Tras un trabajo documental, entre su filmografía, anécdotas y entrevistas, esta joven pareja de directores oriundos de República Dominicana lograron revivir a un cercano amigo de la familia de Laura. Si bien, su parentesco no viene de sangre, convivió tanto con él que lo considera como su tío. Durante una entrega de premios conoció a Luis Ospina (1949-2019), un entrañable amigo de Jean-Louis y quien se convertiría en cómplice para la realización de este filme.

Con el trabajo de Guzmán y Cárdenas queda clara la frase de “toda película es un documental”, declarada por cineastas como Jacques Rivette y Jean-Luc Godard. Con filmes como Cochochi (2007) y Carmita (2013), su mirada se avoca más a un cine documental o naturalista que a la ficción. En La Fiera y la fiesta, a pesar de esos chispazos surrealistas, su proceso de investigación, el objetivo de preservar el trabajo de uno de los más importantes directores de la isla y el mostrar al mundo la labor del cine dominicano, es lo que hace que esta metaficción sea una película con valor documental.

Jean-Louis Jorge también creía en el poder del cine latinoamericano y en específico el de su país natal. Él estudió en la Universidad de California, Los Ángeles (UCLA) y ahí, en Estados Unidos realizó La serpiente de la luna de los piratas (1973) y en Francia filmó Melodrama (1976). Al regresar a República Dominicana, quería hacer cine, pero no había apoyo destinado para este tipo de proyectos. A pesar de ello, logró realizar Cuando un amor se va (1988).

“Es muy reciente la historia del cine dominicano… en los años ochenta, noventa, solo se hacían una o dos películas, era la época en la que Jean-Louis regresó y fue difícil, por eso se dedicó a la televisión y al espectáculo. Hubo personas que regresaban de estudiar fuera y querían hacer cine, pero fue sumamente accidentado”, señaló Laura Amelia en una entrevista al explicar a qué hacían referencia las vicisitudes con las que se enfrentaron en el filme los protagonistas en su búqueda por terminar la película de “Don Jean”, como lo recuerda la directora de La fiera y la fiesta.

Se le identificaba como un director que disfrutaba el proceso de hacer cine, pero a la vez como alguien comprometido y exigente. En una entrevista, JL Jorge señaló “el lograr una cosa sencilla y espontánea requiere trabajo, pero ese trabajo no se ve”. Esa visión para la labor técnica cayó en las manos de Isarel Cárdenas que señala que cuido mucho el montaje para que la película honrara y fuera fiel al trabajo del director.

En la película observamos planos en contrapicada para enlatecer lo que simbolizan los personajes, por ejemplo cuando Yony aparece representando a un taíno o a Henry disfrazado de ese misterioso vampiro; planos cerrados para ver la fragilidad de los personajes detrás de su dureza exterior, en el caso de Vera y tomas abiertas que dejan ver el paisaje tropical del caribe. Escenas que la música enriquece esa aura arcana que encaminan a una elegante escena que hace referencia al trágico descenlace de la vida del director.

Previamente, se pensaba titular al filme Beauty kingdoom, pero el recuerdo de Jean-Louis quedaba mejor representado en el título final al identificar a la fiereza de los personajes al aferrarse a su pasado, buscando la inmortalidad en un filme y la fiesta que fue su juventud, las reuniones entre grandes artistas, recuerdos que se observan paralelamente a la nueva generación que se abre paso en el mundo artístico.

Por su narrativa no lineal, pareciera un filme incompleto que deja muchos huecos, que no sabes si las escenas ocurren en el presente de los personajes o si es la película que están filmando, se siente como si el observador estuviera en un sueño lúcido. En esta metaficción encontramos diferentes dimensiones: el mundo presente en el que Vera filma la película, las escenas que se están grabando de la inacabada, algunas cortes de las películas de Jean-Louis y los parpadeos de fantasía que esconden al fantasma de este misterioso director y todos estos planos se entrelazan para dar como resultado una narrativa mágica e impredecible.

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