La Llamada del Diablo, maldad al estilo ochentero

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El género de terror siempre es de los más populares con la audiencia sin importar a veces la calidad del producto. Esto hace que, al menos en la línea industrial, se hagan muchas cintas que buscan brindar un buen susto, construir atmósferas o simplemente explotar los clichés conocidos y hacer productos de bajo presupuesto que busquen ser sorpresas en taquilla o, tristemente, en relatos de manufactura mala que llegan para pasar al olvido.

Hay películas que caminan en una delgada línea entre ambos espectros, historias que no llegan a ser tan buenas ni originales pero que tampoco son malas del todo. Tal es el caso de La Llamada del Diablo (The Call, 2020), de Timothy Woodward Jr., que construye un filme con aires ochenteros en todo sentido, desde su montaje hasta la forma de presentar su relato audiovisualmente así como presentar a actores consolidados de alguna forma en este género.

La premisa nos presenta un grupo de amigos de una pequeña ciudad en el verano de 1987: Chris (Chester Rushing), que acaba de llegar al lugar y oculta un oscuro secreto, se une a Tonya (Erin Sanders), Zack (Mike Manning) y Brett (Sloane Morgan Siegel), quienes tendrán que enfrentar las consecuencias de los actos que cometen en contra de los viejos Edith y Edward Cranston (Lin Shaye y Tobin Bell) sin saber el terrorífico destino que les espera.

La primera parte de la cinta, el director aprovecha para explotar la parte kitsch de este guion, explotando sobremanera tanto la ambientación como la música, los peinados y el sentimiento de una película de terror ochentera mezclado con esa rebeldía adolescente que fue la base del género en esa década y el castigo inherente que sus comportamientos amorales les traerán como consecuencia.

Este aspecto se diluye hacia el segundo y tercer acto del filme para dar pie a una fotografía roja y de colores más vividos que remiten a una sensación infernal que poco a poco va absorbiendo a estos jóvenes en una especie de pesadilla a lo Freddy Krueger al tener que confrontar sus demonios todo gracias a un inesperado objeto que pocas veces nos causa pánico aunque ha sido la causa de varios horrores y thrillers en la historia del cine: el teléfono.

Basta recordar aquel clásico del terror japonés dirigido por Takashii Miike, Una Llamada Perdida (2003), en que el teléfono es la guía para decirles cómo van a morir los que atienden la llamada; también encontramos la saga de Ringu (1998) de Hideo Nakata, donde una llamada marcaba el inicio de una cuenta regresiva funesta; incluso aquel filme de culto ochentero dirigido por Robert Englund, 976 Evil (1988), donde quienes marcaban ese número en su aparato se convertían en asesinos satánicos. Todos ellos son ejemplos del uso de algo tan inocente como un teléfono para provocar lo peor en sus víctimas.

Y es que, como diría aquella cita del thriller urbano de Joel Schucmacher, Enlace Mortal (2002). ‘cuando escuchamos un teléfono sonar podría ser cualquiera’. Aquí, esa amenaza se vuelve latente y abre las puertas a que se exploten los clásicos sustos y jump scares en el género que resultan entretenidos más no sorpresivos, funcionando como una especie de portal que enfrenta a los protagonistas a sus peores miedos sin posibilidad de huir o esconderse más de ellos.

Las actuaciones no son destacadas. De hecho, parece que los jóvenes actores están en automático y no buscan crear un momento memorable. Por otra parte, la que brilla cada vez que está en escena es la legendaria Lin Shaye, quien a pesar de su pequeño papel, las veces que aparece son bastante aplaudibles. No así con Tobin Bell, figura que siempre recordaremos por ser John Kramer en la saga Jigsaw, que ahora pasa completamebre desapercibido para ser un mero personaje incidental que funciona más como una especie de homenaje al género que para un desarrollo del relato.

Esto es un problema del guion que no se molesta en darle una mayor profundidad a las causas para guardarlas como razón para explotar el miedo. Sin embargo, esto ocasiona que, como en las cintas ochenteras, los protagonistas sean estúpidos, tontos y hasta poco empaticos, aquellos a los que no puedes apoyar y prefieres que se los lleve el diablo o los chupe la bruja debido a sus comportamientos.

A pesar de trabajar bien en las atmósferas, la fotografía y el buen montaje ochentero en la producción, La Llamada del Diablo encuentra su punto más flaco en ser bastante predecible, no provocar mucho terror y en sentirse un tanto vacía, quedándose en el intento de querer provocar un miedo utilizando la maldad, los arquetipos y clichés de una cinta de terror de los 80s, haciéndola un tanto anacrónica pero que llega a tener algunos buenos momentos hacia el final que la salvan de la desgracia o, en todo caso, de querer colgar el teléfono y no atender al llamado.

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