American Royals: una monarquía americana llena de clichés
Es indiscutible que Estados Unidos es una de las mayores potencias mundiales en la actualidad; es un país que se vanagloria de su sistema de gobierno pero ¿qué habría pasado si en lugar de que George Washington fuera el primer presidente, hubiera sido el primer Rey de Estados Unidos? Justo eso plantea Katharine McGee en American Royals.
En él seguimos la historia de la princesa Beatrice, quien se convertirá en la primera mujer en reinar el país, por lo que tendrá que realizar un sinfín de sacrificios con tal de estar a la altura del papel que el destino le otorgó. A la par, la autora nos presenta otros puntos de vista para complementar este relato como son los casos de Nina, la mejor amiga de Samantha y Jefferson, quienes son los hermanos mellizos de la princesa; el de la propia melliza y el de Daphne, la novia del príncipe.
American Royals es una novela especializada en el drama, toda ella está plagada de los clásicos clichés que hacen referencia a otras historias ya contadas. En ocasiones, se puede observar un paralelismo con la reina Victoria y la princesa Margarita de Inglaterra así como esa relación que se ha presentado en la serie The Crown, a la par de que la propia idea de hacer que Estados Unidos sea una monarquía nos remite inevitable a otra saga: La Selección, la obra de Kiera Cass.
Sin embargo, en ese último punto, American Royals se lleva puntos extra en la forma en que está planteado el mundo, ya que si bien no hay gran inventiva debido a que los sucesos se desarrollan en tiempos actuales, es decir, con toda la tecnología que se posee y la revolución de la redes sociales, justamente eso es lo que le da un toque fresco donde, a diferencia de la obra ya mencionada, no se encuentra en un mundo post-apocalíptico. Esto da como resultado algo entretenido de ver pues hasta cierto punto puedes visualizar e identificarte con el entorno.

La obra de Katherine McGee no es algo maravilloso o innovador, pero es digerible e inclusive podría ser material para crear una serie televisiva, ya que tiene mucho drama adolescente que podría dar para ser un estilo de Bridgerton moderno. Y tal como esa serie, la construcción de personajes no es lo mejor, no hay que esperar profundidad en ellos, pues son simples clichés que en conjunto funcionan.
Por un lado, tenemos a la princesa que ha vivido restringida, sin poder ser ella misma y a la que se le exige demasiado, pero todo el mundo piensa que su vida es perfecta, tal y como supuestamente lo es ella. En contraparte está su hermana que la envidia, que ha sido relegada al segundo puesto y, por tanto, ha tomado una vida de libertinaje; a la par está su mellizo, el príncipe atractivo, pero que realmente no tiene mucho peso en la trama más allá de formar parte del conflicto amoroso entre él, Nina y Daphne. Este último par mencionado representa todo el cliché de la plebeya que no soporta el escrutinio público y se deja de influenciar por cualquier cosa que le digan, aunque la presenten como alguien fuerte. Daphne es la clásica arpía, que quiere reconocimiento y poder, pero que no es del todo mala, su familia la ha obligado a ser así.
Igualmente, esta novela falla en otras cuestiones, pues si bien es presentada en una época moderna donde incluso se plantea que Disney existe, parece ser que en ese mundo no ha salido Frozen, porque uno de los principales conflictos surge porque la princesa Samantha, solo por besarse con alguien en un armario, decide que es el amor de su vida y que deben casarse. Esto aunado a la total falta de empatía por su hermana, que se la pasa haciéndose la víctima y cuando por fin se puede ver una evolución en el personaje, de la nada aprietan el botón de reinicio y todo se queda igual.
La historia de Beatrice sigue una línea similar, pero al menos no es insoportable. Llegas a entender muy bien al personaje y lo único que deseas es que la gente sea más comprensiva con ella. Pero son los demás personajes lo que resultan bastante olvidables. Quizá Daphne se salve por su sentido de la moda y su mente “malvada”, planteamiento en el que también falla McGee ya que hay villanas en novelas mexicanas que tienen más espíritu.

En suma, American Royals por el momento entretiene, es como leer una revista de chismes que, con el tiempo, precipitará a la obra hacia el olvido. Esperemos que en las siguientes entregas mejoren la construcción de los personajes, porque la idea es buena, solo falta pulirla para que los lectores verdaderamente sueñen con una realeza americana en sus manos y su imaginación.