Jíkuri: Viaje al país de los Tarahumaras — El arte como cura y la montaña como espejo
Hay películas que se ven y películas que se atraviesan. Jíkuri: Viaje al país de los Tarahumaras pertenece al segundo grupo.
La más reciente entrega de Federico Cecchetti no busca ser un relato biográfico al uso sobre la estancia de Antonin Artaud en México, sino una reconstrucción sensorial del choque entre el desencanto de la modernidad occidental y la fuerza espiritual del mundo rarámuri.

?El dolor del cuerpo y la memoria de la tierra
El guion propone un ejercicio de simetría visual y emocional. Por un lado, vemos la decadencia física de Artaud en la Europa de entreguerras, atrapado en la locura y la adicción; por el otro, su peregrinaje por los barrancos de Chihuahua en busca de la medicina sagrada.
François Négret encarna a un poeta al borde del abismo, pero la cinta evita transformarlo en el centro del universo. La cámara cede espacio y peso dramático a la presencia de la comunidad rarámuri, encarnada con enorme dignidad por José Cruz Apachoachi.

?El lenguaje de lo invisible
Técnicamente, el largometraje es un triunfo de la atmósfera sobre el diálogo. Cecchetti confía en que las imágenes hablen por sí solas:
?El paisaje como territorio sagrado: La fotografía aprovecha las texturas de la tierra, la niebla y la luz de la Sierra Tarahumara para reflejar el estado mental de sus personajes.

?Sonido que alucina: La mezcla de audio yuxtapone el crujido de las pisadas, el viento de la sierra y murmullos en rarámuri con disonancias sonoras que marcan la desintoxicación y el trance del protagonista.