Wildwood: La obstinación artesanal de LAIKA contra la fatiga digital
Hay películas que nacen para ajustarse a las métricas del algoritmo y luego está Wildwood. Con esta producción, el estudio LAIKA vuelve a apostar todo al desgaste físico, a la paciencia enfermiza y a una artesanía que hoy parece un acto de resistencia.
Dirigida por Travis Knight y basada en el universo literario de Colin Meloy, la historia arranca cuando Prue McGilner cruza los límites de Portland para rescatar a su hermano pequeño, atrapado en un bosque impenetrable. Lo que sobre el papel podría ser una aventura juvenil cualquiera, en la pantalla se tuerce hacia un ecosistema hostil, gobernado por facciones en pugna, mitología silvestre y una urgencia que no da tregua.

El gran triunfo de la película está en su materialidad. En una época donde casi todo se resuelve con renderizados limpios y texturas sintéticas, ver el trabajo cuadro por cuadro de Wildwood resulta casi anacrónico. La escala es monumental: hay secuencias de multitudes, criaturas complejas y una fotografía que le otorga al bosque una atmósfera de peligro real.
Cada fotograma huele a taller, a horas hombre y a una obsesión por el detalle que ya quisieran los tanques de Hollywood.

Sin embargo, tanta ambición le pasa factura en el terreno narrativo. La película se sobrecarga por momentos; la mitología del bosque, el peso de los personajes secundarios y la urgencia del rescate compiten por un metraje que termina sintiéndose saturado.
En su afán por mostrar músculo estético, la trama a veces se atora y frena el conflicto dramático.

Wildwood no busca la complacencia inmediata. Es una obra imperfecta, es verdad, pero también es un recordatorio necesario de que el cine de animación industrial todavía puede permitirse ser una labor de orfebrería pura.
Cojee o no de la pierna argumental, se planta en la cartelera como un bastión de autoría visual al que vale la pena seguirle la pista.