Resurrection de Bi Gan: cuando el cine vuelve a soñar

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?Lo nuevo de Bi Gan es, sinceramente, una barbaridad. Después de su paso por Cannes, Resurrection nos suelta de golpe en una ciencia ficción rarísima pero fascinante: un futuro donde la humanidad por fin venció a la muerte, aunque a un precio altísimo… nadie puede volver a soñar.

?En este mundo inmortal y tirando a gris, a los pocos que todavía les fluye el subconsciente los ven como enfermos o una amenaza directa. Los llaman «Delirantes», porque sus sueños son tan intensos que distorsionan lo que los rodea.

?La historia arranca cuando una rastreadora (Shu Qi) encuentra a uno de los últimos Delirantes (Jackson Yee), moribundo y escondido en lo que queda de una vieja sala de cine. El tipo sobrevive a base de comer pétalos de rosa y adormideras para forzar el sueño, metiéndose en películas antiguas antes de que el cuerpo le falle del todo. Lo increíble llega cuando la mujer descubre que el sujeto tiene un proyector incrustado en el propio cuerpo. Al encenderlo, la película se divide en cuatro pasajes oníricos guiados por los sentidos y la filosofía budista:

?El sonido: Nos mete en una ciudad bajo los bombardeos donde un joven sirve de señuelo para proteger a un músico que oculta un código secreto en una pieza de Bach. Hay salas de espejos, theremines desquiciantes y vagones en movimiento dentro de un caos de luz y ruido.

?El olfato: Una vibra muy noir donde un estafador usa a una niña huérfana capaz de «oler» las cartas de póker. Al final, el capo que los contrata no busca dinero, sino a alguien que pueda oler las cenizas de una carta para escuchar el último suspiro de su hija fallecida.

?El gusto: Un drama crudo donde un exmonje guía a unos saqueadores a un templo en ruinas. Al tocar una estatua de Buda, esta se vuelve polvo, y de la boca podrida del monje nace el «Espíritu de la Amargura», una figura con la cara de su padre que lo obliga a revivir el trauma de haberle practicado la eutanasia cuando enfermó de rabia.

?El tacto y la mente: En la última proyección, las fronteras entre la rastreadora y el Delirante se rompen por completo. Ella deja de ser espectadora y se mete de lleno en el sueño. A través de un plano secuencia tremendo, entiende que la pérdida, el dolor y el deseo no son errores del cerebro, sino lo que de verdad nos hace humanos.

?Al apagar la máquina, la mujer comprende que vivir para siempre sin soñar no es vida, sino un limbo sin sentido. En lugar de entregarlo, decide dejarlo consumir su último pétalo para que muera soñando, mientras ella cierra los ojos esperando volver a sentir algo.

?En fondo, no es una película para buscarle una explicación lógica a todo, sino para dejarte llevar por las emociones. Soñar es, al final de cuentas, una de las oportunidades más bonitas que tenemos para sentirnos vivos. ¡Muchas gracias por leernos!

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