Federico Cecchetti y Jíkuri: «Tuve la locura de hacer la película que yo quería ver»
Después de El Sueño del Mara’akame (2016), Federico Cecchetti regresa con Jíkuri, segundo capítulo de su trilogía sobre lo sagrado en el norte de México. Si en su ópera prima se adentró en el mundo wixárika, ahora sigue las huellas de Antonin Artaud en la Sierra Tarahumara para construir un retrato entre lo místico, lo poético y lo humano.
Rodada en rarámuri y francés, con comunidad real de Chihuahua en el elenco, caminatas de horas entre Narárachi y Tehuirichi y el ritual del jíkuri (peyote) como centro espiritual, Jíkuri no es solo una película: es un viaje de ida y vuelta entre el texto de Artaud, París y la Sierra. Una apuesta radical por filmar lo que la industria no se atreve a mirar.

A cinco años de investigación y sumergido en la poesía de los ríos, los valles y las montañas rarámuri, Cecchetti se cuestiona qué significa ser chabochi, cómo filmar al otro sin traicionarlo y por qué el humor —a través del tsikuaki, el payaso sagrado— será esencial en Maya, el cierre de su trilogía sobre el Tren Maya.
En esta entrevista, el director habla del proceso, los desafíos de adentrarse en la locura de Artaud sin volverse loco y lo que sigue resonando después de Jíkuri.
Jorge Méndez (JM): Tu trilogía empezó con los wixárika en El Sueño del Mara’akame y ahora es el turno de los rarámuri. Dices que haces cine para encontrarte a ti mismo en lo desconocido. ¿En qué momento de Jíkuri dejaste de ser el chabochi que observa y te sentiste observado y cuestionado por la Sierra?
Federico Cecchetti: Creo que nunca dejé de ser el chabochi que observa, que toma notas con su libreta y su teléfono, y que pone atención. Pero aunque no dejé de ser chabochi, siempre me sentí interpelado por la Sierra.
Y en esa manera de vivir las experiencias que viví ahí, llegué por momentos a sumergirme en la cultura y a olvidar que yo era ese chabochi. Simplemente fui yo.

JM: Antonin Artaud es una figura mundial de la que muchos han escuchado hablar, tanto por su obra como por su influencia. Sin embargo, tú tomaste algo precioso, que fue su viaje para conocer al pueblo rarámuri. ¿Cómo fue el proceso para construir este retrato? ¿Qué desafíos representó este viaje? ¿Qué sigue resonando en ti después de este gran proyecto?
FC: Fue un proceso de investigación que duró alrededor de cinco años, en el que tuve la oportunidad de seguir las huellas que dejó Artaud en la Sierra.
Tal cual, traté de encontrar los lugares donde él había estado, a ver si había rastros de él o algún vestigio de su estancia. Y al mismo tiempo cuestionaba el texto de Artaud con las cosas de la cultura rarámuri.
Encontré varias pistas. Por ejemplo, cosas que él escribió y que no suceden en la Sierra. Y encontré algunas cosas que él registró y que también yo pude ver, gracias a que Artaud me prestó sus ojos. También vi muchas cosas mágicas de la Sierra que Artaud no registró.
Mi trabajo fue ir constantemente del texto a la Sierra, luego del texto a la vida de Artaud, a Francia, y regresar al texto y empezar a escribir. Era un ir y venir del texto a la Tarahumara, del texto a París y del texto a un nuevo texto, que era mi guion.
El principal desafío fue adentrarme en la locura de Antonin Artaud sin volverme loco.
Lo que sigue resonando en mí es la poesía. Por un lado, la de los rarámuri, una poesía de la naturaleza: de los ríos, los valles, las montañas, las grutas, del corazón y de los caminos. Por otro, la de Artaud, que pone en crisis las palabras y hace explotar la lógica, la sintaxis y la gramática. Me hizo desestructurar mi mundo de una manera que abrió un espacio que no creía posible.

JM: Decidiste rodar en rarámuri y francés, dejando huecos sin traducir, dándole a esta cinta una autenticidad y personalidad únicas. ¿Qué representa atreverse a una empresa así en una industria que va por lo seguro?
FC: Cuando hice Jíkuri tuve la locura de nunca pensar en la industria. Hice la película que yo quería ver, y creo que así es como, como artista, puedo ser feliz: creando la película que quisiera ver, sin tomar en cuenta la industria ni al espectador. No sé si lo voy a volver a hacer así, pero así sucedió con Jíkuri. Espero que de todas maneras encuentre a sus espectadores y su lugar en la industria y en las salas.
JM: Caminatas de horas, comunidad real de Chihuahua en el elenco, ritual del jíkuri. ¿Qué anécdotas puedes compartirnos de esta parte del proceso? ¿Qué tanto se puso a prueba lo que aprendiste en la escuela? ¿Qué enseñanzas llegaron en esos momentos de rodaje?

FC: Una vez me fui caminando de Narárachi a Tehuirichi porque quería encontrar a un sipa’ame que, decían, vivía en ese pueblo. Siempre que caminaba en las montañas contrataba a un guía, porque nunca me atreví a irme solo en distancias largas. Lo mismo hizo Artaud. De ida hice como seis o siete horas.
Dos días después regresé a Narárachi, donde me hospedaba. Un niño se ofreció a llevarme como guía porque tenía un quehacer allá. Llevaba un caballo, obviamente sin silla, y muchas veces yo me resbalaba porque el camino era muy empinado. A veces prefería ir a pie, lo cual hacía más lento el camino. Entonces el niño se desesperaba, se bajaba a caminar y me dejaba a mí arriba del caballo. En algunos tramos íbamos los dos montados.
Tardamos como cuatro horas en llegar. Al llegar a Narárachi, el niño entró a una tienda a comprar azúcar. Le dije: “Oye, ¿a poco viniste hasta acá por azúcar? Si en tu pueblo también venden”. Y me respondió: “Es que aquí el azúcar es más barata”.
Todo lo que aprendí en la escuela se puso a prueba. Pero son aprendizajes en su mayoría técnicos, y nunca alcanzan para aprender la realidad humana, que es lo que pretende hacer el cine. Se ponen a prueba cosas más importantes, como dice la película: la capacidad de comprender al otro, de saber mirarlo y retratarlo de la manera más auténtica posible.
JM: Ya estás preparando Maya, que será una comedia sobre el Tren Maya. Después de dos películas sobre lo sagrado y lo místico, ¿cómo llegas para aportar a esta tríada de cintas el componente del humor?
FC: Durante mi estancia con las comunidades, tanto wixárika como rarámuri, me di cuenta de que el humor es esencial en estas culturas. Prueba de ello es que entre los wixárika existe una figura que se llama el tsikuaki, que es literalmente el payaso sagrado. El tsikuaki se burla de los mara’akames, hace interpretaciones irónicas de los sacrificios y las oraciones, y en general hace parodia. Es el otro aspecto de lo sagrado, lo que no es solemne.
Con los rarámuri lo viví en las fiestas, las tesguinadas, que son las más divertidas en las que he estado. A la gente le encanta contar chistes, alburear, hacer escarnio. Incluso las abuelitas y los abuelitos te hacen muchos chistes con referencias sexuales, y se ríen muchísimo si aprendes groserías.
Me di cuenta de que en mis películas había dejado fuera algo tan esencial. Por eso ahora quiero que Maya sea una reflexión que, a la par de ser sagrada, tenga mucho humor. Y también porque creo que en mi vida me hace falta aprender a reírme más de mí mismo.
JM: Mensaje para la audiencia
FC: Los quiero mucho. Gracias por ser quienes son.