STREET FIGHTER: De las retas en las maquinitas a la pantalla grande
Hubo un tiempo en que hablar de adaptaciones cinematográficas de videojuegos era sinónimo de desastre asegurado. Las infames versiones de los noventa nos enseñaron a temerle a cualquier salto del joystick al celuloide. Sin embargo, la nueva película de Street Fighter llega para romper con esa maldición y demostrar que se puede hacer cine de acción palomero, fiel y verdaderamente divertido sin caer en la pena ajena.

Bajo la dirección de Kitao Sakurai, la película entiende perfectamente lo que los fans de hueso colorado llevan décadas esperando. Olvídate de los experimentos fallidos del pasado; aquí la historia nos sumerge de lleno en un torneo clandestino orquestado por la temible organización Shadaloo y su líder, M. Bison. Por un lado seguimos el camino de Ryu (un sólido Andrew Koji) y Ken (Noah Centineo), dos peleadores buscando su lugar en el mundo entre la hermandad y la rivalidad, mientras que la implacable agente Chun-Li (Callina Liang) persigue una venganza muy personal.

Lo más intenso es la propuesta es el respeto absoluto al material original. Desde la estética noventera impregnada de neón hasta la integración de un reparto larguísimo que incluye desde a Jason Momoa como Blanka hasta Cody Rhodes como Guile. Lejos de sentirse como un desfile forzado de cosplayers, Sakurai logra que cada personaje tenga su momento de brillo en coreografías de combate viscerales, dinámicas y repletas de los guiños que todos gritamos en las maquinitas sí, los Hadokens y Shoryukens están ejecutados con una maestría visual que te hace vibrar en la butaca
Street Fighter es una carta de amor a la nostalgia y a las retas de fin de semana en las maquinitas de la esquina. Una fiesta de acción sin descanso que demuestra que, cuando hay verdadero cariño por los videojuegos, el cine de peleas por fin encontró el combo ganador.