30 Tour de Cine Francés: El Camino (Compostelle), 800 kilómetros para volver a empezar

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Ir de un punto A a un punto B es la base de infinidad de cinta y novelas. El verdadero arte es saber como hacer lo utilizado al hartazgo algo distinto y poderoso. El Camino (‘Compostelle’) es un ejemplo grato de esto y que llega en el mejor momento posible: una época en la que, pese a estar conectados a internet, la desconexión con nosotros mismos y con los demás es fuerte.

Dirigida por Yann Samuell, la cinta forma parte del 30° Tour de Cine Francés. Está basada en el libro Marche et invente ta vie de Bernard Ollivier y parte de una premisa sencilla que funciona muy bien, aprovechada de mejor manera.

Fred (Alexandra Lamy) es una mujer de 40 años que intenta reconciliarse con su pasado después de perder el trabajo como profesora y su matrimonio, ya que se encuentra separada de su esposo. Por su parte, Adam (Julien Le Berre) es un adolescente con problemas de abandono y una ira que no sabe canalizar.

No se conocen, no tienen nada en común, pero una asociación los junta para hacer algo impensable: recorrer juntos los 800 kilómetros del Camino de Santiago.

El choque entre dos generaciones y personalidades tan dispares se hace presente al inicio. Ella sonríe pese a que su vida ha tenido su racha negativa para lo que, él contesta mal por todo, la enfrenta como ha enfrentado a la autoridad toda su vida.

Esto es la mayor virtud de Samuell y que refleja a la perfección como los autores pero sobre todo directores franceses hacen mejor: no romantizar ninguna postura, apegarse a un realismo que muestra como es el peregrinaje. Son conflictos, ampollas, lluvia, cansancio, hostales con muchas carencias y abudancia de silencios incómodos que dicen más que cualquier diálogo que pueda sonar espectacular.

La película se rodó en escenarios naturales reales del Camino, desde Le Puy-en-Velay hasta Santiago, y eso se nota. La cámara permite respirar, disfrutar de los hermoso paisajes, generar interés en una travesía que es un riesgo pero que al mismo tiempo cambia a quien emprende el reto.

Lo mejor es la química que se va construyendo. Alexandra Lamy, que siempre se mueve entre la energía y la vulnerabilidad, carga con la película y le da luz. Julien Le Berre es áspero y difícil de querer al inicio, pero poco a poco deja ver la herida detrás del enojo. Cuando aparece Mélanie Doutey y el resto de personajes del camino, esto se siente como una de esas historias de crecimiento, sin afán de moverse por lo shockeante pero si que construye un mundo que engancha.

Samuell dijo que no quería hacer una película sobre fe dogmática, sino sobre un camino interior y místico. Y se cumple. No hay proselitismo religioso, hay una reflexión sobre lo que pasa cuando te obligas a seguir caminando aunque quieras parar. Como él mismo dijo: «El Camino te da respuestas a preguntas que ni siquiera sabías que tenías».

Si esperas grandes giros, no es esa película. Es una comedia dramática íntima, a paso lento, que apuesta por la transformación. Como Wild pero con acento francés, más colectiva y menos solemne. Tiene un detalle curioso: el rap del Ave María que suena en un momento fue compuesto por el hijo del propio director.

El Camino es de esas cintas que no necesitan grandes artificios. Funciona porque todos, en algún momento, hemos sido Fred o hemos sido Adam. Y porque a veces sí necesitas caminar 800 kilómetros para entender que puedes empezar de nuevo.

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