Godzilla Minus Zero: otro triunfo cinematográfico que se disfruta en pantalla grande

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Hay un cansancio brutal con el cine de franquicias de los últimos años. Entrar a una sala de cine se volvió una apuesta segura al aburrimiento: pantallas verdes por doquier, tramas cortadas con el mismo molde y presupuestos de trescientos millones de dólares donde nadie se detiene a pensar si al espectador le importa un carajo el superhéroe de turno. En medio de ese pantano comercial, la llegada silenciosa de Godzilla Minus One a finales de 2023 fue una patada en el tablero. No fue solo una victoria para Toho Studios; fue un recordatorio incómodo de todo lo que Hollywood está haciendo mal.

?Hagamos cuentas rápido, porque el dato roza el insulto. Mientras la maquinaria gringa quema fortunas en producciones que envejecen mal antes de salir de cartelera, Takashi Yamazaki y un equipo minúsculo de poco más de treinta artistas visuales rompieron los esquemas con un presupuesto estimado entre diez y quince millones de dólares. Y no, no se ve «barata».

Al contrario: el CGI de Minus Zero se come vivo al de Marvel o DC porque hay algo que el dinero masivo no puede comprar: tiempo, planeación y un respeto obsesivo por el oficio. Cada plano del agua, cada pisada del monstruo y cada explosión tiene un peso físico real que asusta.

?Pero el verdadero triunfo de la película no está en los premios Óscar ni en la factura técnica. Está en que a Yamazaki le importa un bledo el monstruo durante la primera mitad de la película.

?Volvió a la fuente original de Ishir? Honda en 1954. Godzilla jamás fue una simple atracción de feria para destruir maquetas; es la encarnación física del trauma nuclear, la culpa de una nación que lo perdió todo en la guerra. En lugar de meter en la trama a generales de oficina discutiendo en salas de crisis acorazadas —el cliché favorito del cine catastrofista moderno—, la historia se ensucia las manos en la calle.

?El protagonista, K?ichi Shikishima, es un expiloto kamikaze que prefirió vivir por puro instinto de supervivencia, cargando con una culpa que lo carcome por dentro. A su alrededor hay náufragos sociales: una mujer que adopta a un huérfano entre los escombros, vecinos que comparten lo poco que tienen y veteranos rotos por la derrota. La amenaza de Godzilla no es solo un peligro externo; es el espejo que obliga a estos personajes a enfrentar aquello de lo que llevan años huyendo.

?Y ahí es donde la película destroza los tropos de siempre. Cuando el lagarto vuelve a arrasar Tokio, no llega ningún ejército tecnológico ni ningún salvador con superpoderes. La salvación recae sobre una red improvisada de civiles, pescadores y veteranos marginados que se organizan con tácticas de guerrilla y puro ingenio de trinchera. Es una oda a la resiliencia colectiva sin discursos patrióticos baratos.

Al final, lo que queda de Minus Zero no es solo el eco de un rugido. Es la prueba de que el buen cine no necesita chequeras infinitas ni directrices corporativas. Solo necesita una mirada honesta, personajes por los que dé gusto sufrir y la certeza de que, cuando todo está reducido a cenizas, las ganas de levantarse siguen siendo la fuerza más potente que existe.

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