El Día de la Revelación: llega lo nuevo de Spielberg
Por Jesús Montes de Oca
Steven Spielberg regresa a la ciencia ficción extraterrestre casi dos décadas después de La guerra de los mundos, pero esta vez no le interesa preguntarse qué tan maravilloso sería encontrarnos con otra forma de vida. La pregunta es otra: ¿qué pasaría con la humanidad si mañana descubriera que todo era cierto? Que no estamos solos. Que alguien lo sabía. Que nos lo ocultaron durante décadas. Y toda la película se construye alrededor de esa idea.
Desde su planteamiento, El día de la revelación se siente como una mezcla entre thriller conspirativo, película de persecución y ciencia ficción clásica de Spielberg. Seguimos a dos protagonistas cuyas historias avanzan por separado hasta converger en un mismo objetivo: revelar la verdad. Mientras ellos intentan llegar al fondo del asunto, nosotros también estamos a ciegas.

No sabemos cómo funcionan realmente las cosas, no sabemos qué ocultan los gobiernos, no sabemos quién dice la verdad y quién miente. La información llega a cuentagotas y eso mantiene la intriga constantemente viva.
El primer acto es, sin duda, lo mejor de toda la película. Spielberg demuestra una vez más por qué sigue siendo uno de los grandes narradores visuales del cine. Los movimientos de cámara, el montaje, la construcción de tensión y el sentido del espectáculo son extraordinarios.

Desde los primeros minutos queda claro que no estamos ante una ciencia ficción contemplativa, sino ante una historia que quiere mantenerte al borde del asiento. Hay persecuciones, conspiraciones, revelaciones y una sensación constante de que algo enorme está a punto de suceder.
Además, resulta muy interesante cómo la película conecta con temas contemporáneos. El secretismo gubernamental, la desinformación, la necesidad de transparencia y la búsqueda de respuestas en una época donde la confianza en las instituciones parece cada vez más frágil. Spielberg utiliza la revelación extraterrestre como excusa para hablar de nosotros mismos.

De cómo reaccionamos al miedo, de cómo enfrentamos lo desconocido y, sobre todo, de la empatía como la herramienta que puede mantener unida a la humanidad. Ese mensaje humanista atraviesa toda la película y es, claramente, el corazón de la propuesta.
El problema es que mientras las ideas son fascinantes, la estructura narrativa se cae a pedazos si uno la observa demasiado. La película está llena de conveniencias, agujeros de guion y situaciones que se resuelven porque sí. Los protagonistas sobreviven a momentos imposibles gracias a un plot armor descarado y, conforme avanza la historia, resulta difícil ignorar que muchas de las complicaciones podrían resolverse de forma mucho más sencilla.

Hay varios deus ex machina que terminan rompiendo la tensión porque uno deja de preguntarse cómo van a salir de una situación y empieza a asumir que simplemente encontrarán otra salida conveniente.
Y eso es una lástima, porque visualmente la película es impresionante. Janusz Kaminski vuelve a demostrar por qué es uno de los colaboradores más importantes de Spielberg. Hay escenas realmente hermosas, otras inquietantes y algunas que rozan lo experimental (al menos son experimentales para un blockbuster) .

La fotografía, los escenarios y los efectos construyen una experiencia espectacular que constantemente busca transmitir asombro. La música de John Williams también aporta ese sentido épico y emocional que ya es inseparable del cine de Spielberg.
Sin embargo, mientras más avanza la historia, más evidente se vuelve que la película está enamorada de sus imágenes y de sus ideas, pero no tanto de las reglas de su propio mundo. Y cuando una película no establece límites claros, todo se vuelve posible. Cuando todo es posible, desaparece el riesgo. Y cuando desaparece el riesgo, gran parte del suspenso también desaparece.

Creo que será una película profundamente divisiva. Puedo entender perfectamente a quienes salgan fascinados con ella y también a quienes la detesten. Spielberg intenta regresar a esas aventuras optimistas y esperanzadoras que marcaron buena parte de su filmografía, pero aquí el resultado me pareció demasiado ingenuo. Incluso algunos momentos de humor blanco y ciertos chistes se sienten fuera de lugar dentro de una historia que por momentos quiere tomarse muy en serio.
El final tampoco terminó de convencerme. Después de tantas preguntas, tantas persecuciones y tantas promesas temáticas, la resolución me pareció insatisfactoria y demasiado sencilla para todo lo que la película había construido.
Aún así, es imposible negar que Spielberg sigue siendo un director capaz de convertir una película en un evento. El día de la revelación tiene ideas provocadoras y suficiente ambición para generar conversación durante mucho tiempo. El problema es que, para mí, sus propuestas filosóficas y emocionales no alcanzan a sostener una historia con tantas grietas narrativas.
Es una película con muchísimo espectáculo, muchísimo corazón y muy pocas reglas. Demasiada estética y poca estructura. Y justamente por eso sospecho que no habrá puntos medios: o te encantará o saldrás frustrado.